Prólogo


Luis Sáez Delgado

PALABRAS. Si cada uno carga con el fardo de sus días, acumulados, copiosos, es muy posible que el poeta, cualquier poeta, sienta que ese lastre deja huellas en sus versos. El tiempo se marca en el cuerpo y lo agrieta, pero deja marcas mayores en las palabras, hasta volverlas pesadas, opacas, iguales las unas a las otras. No queda al autor más remedio que tomar una determinación: o las evita o se enfrenta a su polvareda. José Manuel Vivas en Lastre se atreve a presentarlas tal como a él le pesan. Acaso para desembarazarse de ellas, acaso para que, entre todos, lectores, devolvamos el valor y el sentido de cada una.

Pocos ejercicios de sinceridad tan descarnados como el de Lastre: ha llegado a ese punto en que la vida permite, por un momento, nombrar cada cosa por su nombre justo.

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ORDEN. José Manuel Vivas ha vivido ese tránsito del escritor poco a poco, como si sus libros, a partir de Los bordes del abismo, revelaran el mundo que le rodea, como si la obra del poeta fuese una novela por entregas, la novela de un estilo de mirar las cosas. Entendida así, títulos como Olvídate de Ítaca, De puertas adentro, Los labios quemados, Trayectos o Mercado de abastos no son únicamente entregas de un autor que de cuando en cuando publica un poemario, sino más bien instantes fortuitos en los que permite entrever cómo se desarrolla esa novela interior, cómo los personajes pugnan, se entretienen con el amor o las cosas, duermen y trabajan, y sospechan que una última entrega -nunca esta, siempre la próxima- llevará hasta su final. Al destino eterno del poeta: el que concede a las palabras, ordenadas al fin en la forma que quería. Las palabras ordenadas a la manera del poeta José Manuel Vivas.

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PRESENCIAS. Estos poemas, más de medio centenar, se reúnen en cuatro partes, «Hojas cuadriculadas», «Algunas cosas útiles», «Ausencias» y «Fragilidad», que el lector entenderá como un viaje detenido en cuatro ocasiones, desde la contemplación a la certeza, de la lista de tareas a la certidumbre de un final, indeterminado, pero posado en cada objeto, en cada presencia, en la memoria de todo el pasado.

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RESISTENCIA. Este es un libro -casi el libro- de la negación: no, nunca, nadie. Apenas hay poemas en los que no se niegue, no se corrija el presente con la contrariedad, no se desvele lo contrario de lo aparente, y esa misma condición permite que el lector, en sus vueltas y revueltas por los versos, acabe con la sensación de haber leído un libro de resistencia. Nada retorna. O No tengo miedo a nada. O No cabe en modo alguno ya. O No entiendo los sábados.

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CALAVERA. Los poemas de Lastre mantienen un diálogo continuo con  las ilustraciones de Verónica Bueno e Isidro Bueno, perfecto memento mori que se divierte con signos y huellas del universo funeral, y que en el color y la técnica, en la presencia continua de la calavera y en el equilibrio entre el discurso y la línea resulta fascinante, como si el imperio de la muerte, de su mano, resultara ligero, inevitable pero ligero y sin importancia; sólo a partir de los versos estas imágenes alcanzan su sentido completo, y sólo desde las imágenes los poemas llegan a matizar sin dramatismo su valor absoluto.

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PARÉNTESIS. En voz baja. Los poemas de Lastre tienen entre paréntesis el título: (Frágil), (Los días vencidos), (Esa oscuridad interminable), (Álbum de sombras). Dos versos iluminan este susurro de la verdad: Caen de su propio peso estas manos / sobre el regazo devastado del cuerpo